A las 17:07 del viernes 15 de agosto de 1969, Richie Havens arrancó su Minstrel from Gault delante de una multitud que ya empezaba a intuir que aquel festival iba a pasar a la historia. Se calcula que más de un millón de personas intentaron asistir a Woodstock, pero la mitad de ellas no consiguió llegar debido al gigantesco caos de tráfico que se montó. Fue el momento cumbre, la apoteosis oficial de la Era de Acuario
El 17 de agosto, las últimas notas del Hey Joe se extinguieron en la fría mañana de verano. La disminuida multitud seguía vibrando con una música que ya solo sonaba en sus cerebros. Jimi Hendrix se quitó la guitarra eléctrica, pronunció un casi inaudible «gracias» y bajó del escenario.
Los 25.000 empapados supervivientes que aún resistían pidieron a gritos una canción más, otra dosis de la droga que los había congregado allí. Poco a poco, las sonrisas de éxtasis fueron dando paso a gestos de incredulidad y desconcierto. Ya no había más. Después de tres días de música, bailes y experiencias inolvidables, Woodstock llegaba a su fin. Cerrado aquel paréntesis de paz y amor, la realidad reclamaba de vuelta a todos aquellos jóvenes que se habían refugiado bajo un arcoíris fugaz en los grises tiempos de la guerra fría.
Woodstock siguió la estela de festivales como Monterey o High Park, encuentros masivos presididos por un sentimiento de fraternidad y en los que la música actuaba como elemento de comunión. El movimiento hippy, con su estética y sus ideales, también con lo que tenía de evasión, de un altermundismo inocente, alcanzó su cénit en los campos de Bethel, a los pies de las Catskill Mountains, en el estado de Nueva York (¿Qué ver en la Gran Manzana?
La iniciativa partió de un grupo de inversores, todos ellos veinteañeros y todos con experiencia en el mundo de la música. Su intención era destinar la venta de entradas a montar un estudio de grabación independiente, pero el proyecto creció más allá de sus expectativas y derivó en un maravilloso caos convertido hoy en leyenda.
El festival no se pudo celebrar en el emplazamiento original debido a la negativa de los vecinos, asustados ante tanto melenudo, y hubo que buscar a toda prisa un lugar adecuado para reunir a los 50.000 asistentes previstos. Los preparativos empezaron contrarreloj, pero la riada humana se adelantó. Cientos, miles de personas empezaron a llegar con días de antelación. No hubo forma de colocar vallas ni controles de entrada. Los organizadores aceptaron la evidencia y declararon el festival gratuito. Y la riada se convirtió en avalancha.
Se calcula que 500.000 personas asistieron a la treintena de conciertos que se sucedieron entre la tarde del viernes y la mañana del lunes en Woodstock, entre ellos los de figuras del calibre de Joan Baez, Santana, Janis Joplin, The Who, Joe Cocker o Jimi Hendrix.
A pesar de la enorme afluencia de gente, de la falta de medios y la lluvia que transformó el lugar en un gigantesco barrizal, todo se desarrolló en un ambiente pacífico y apenas hubo incidentes. En el campo de alfalfa que sirvió de escenario a tantas escenas icónicas, se alza hoy el Centro Artístico Bethel Woods, con un auditorio al aire libre y un museo dedicado a aquellos tres días en los que otro mundo sí fue posible.
Nacido en Seattle, empezó a tocar la guitarra a los 15 años. Saltó a la fama en el festival de Monterey en 1968. Su versión eléctrica del himno de EE.UU. es el símbolo de Woodstock. Murió de sobredosis en 1969.
Dueño de una explotación lechera en Bethel, alquiló uno de sus campos para el festival por 75.000 dólares. Su granja quedó arrasada y los vecinos del pueblo le dieron la espalda. Terminó mudándose a Florida.

Medio millón de personas asistieron a Woodstock.

En los tres días que se prolongó el festival se celebraron más de 30 conciertos. En la imagen, John Sebastian.

Hoy, el Museo de Bethel Woods recuerda el festival.
